Territorio Tarpán

Ciervos, tarpanes, encebros, uros, bisontes, cabras monteses, eran piezas principales de los españoles cazadores–recolectores hace 12.000 años. Menos ciervos y cabras monteses, que a punto estuvieron, los grandes herbívoros se extinguieron en la Edad Media, sin que se sepa cuándo ni cómo. Hoy se hace difícil pensar en vacas, caballos y burros como piezas de caza. Pero, en su estado salvaje, tuvieron aprovechamiento cinegético hasta épocas no lejanas en la media España que permaneció poco tocada por el hombre neolítico. Su captura la disfrutaban dos tipos de cazadores, unos, que ostentaban el poder y se reservaban para sí las grandes piezas cinegéticas, y otros, considerados furtivos, fuera de la ley promulgada por los primeros.

“El uro ibérico era de menor tamaño que su congénere del norte de Europa, cuyos machos llegaban a alcanzar los dos metros de alzada y una tonelada de peso, si bien la talla media de la especie rondaba los 160–180 cm en los machos y 130–150 cm las hembras. (…) Por las pinturas rupestres que los representan podemos saber que su aspecto era similar al de algunas de nuestras razas de vacuno autóctono pero con menos papada y morrillo. (…)

Pero no solo había uros en la “piel de toro”.  Además de rumiantes salvajes con cuernos, la península ibérica tenía grandes poblaciones de tarpanes. (1) Escribe Ricardo de Juana:
“La región Eurosiberiana estaba habitada por un tipo de caballo conocido como Equus caballus gallicus. La región mediterránea, por el Equus caballus antunesi (Cardoso y Eisenmann, 1989). (…) Con el final de la glaciación se produjo un brusco cambio de temperaturas; en 50 años ascendieron 7º C. Los hielos se repliegan hacia el polo norte. Donde había tundra y taiga se cubre de un espeso bosque de coníferas que posterior y paulatinamente serían parcialmente sustituidos por árboles caducifolios. Al sur se aclaran los bosques. Este hecho afectaría negativamente al Equus caballus gallicus, que se vio forzado a retirarse hacia las estepas del este de Europa, pero beneficiaría al Equus caballus antunesi, que vio ampliada su área de dispersión al tiempo que se suavizaban las temperaturas. (…) Es posible que las duras condiciones climáticas en las que se había desarrollado el E. c. gallicus hubieran afectado a su temperamento, haciendo de él, como con el tarpán y el caballo de Przewalski, un animal arisco, obstinado y de escasa aptitud para la domesticación. Por econtrario el E. c. antunesi, al haberse desarrollado en un clima más favorable, con alimentación abundante y variada y con diversidad de biotopos le habría hecho ser un animal más adaptable y de mejor temperamento (estas cualidades se siguen apreciando de forma destacada entre las razas caballares ibéricas), lo que habría permitido su domesticación en épocas remotas. (…) En la Península ibérica se produjo una neolitización muy temprana en su zona levantina y sudoccidental, mientras que en el norte e interior peninsular fue más débil y difusa.” (1)
Esta información sobre el origen de las razas equinas, recopilada por Ricardo de Juana la complementa este especialista con su experiencia criando manadas asilvestradas de caballo losino, raza que salvó de la extinción. Sobre el hecho de que no se hallen fósiles de grandes herbívoros domesticados en los yacimientos, lo que hizo llegar a decir que los caballos y vacas domesticados tienen su origen en Asia.
“He criado caballos en régimen de semilibertad. Pastaban durante toda su vida en un monte abrupto de más de 700 Has. Los sementales se domaban a la edad de cuatro años y se les soltaba al monte con cinco, para padrear con las yeguas. Cuatro años más tarde se procedía a retirarlos para cambiar la sangre y, el mismo día en que se capturaban, se les ensillaba y montaba de la misma manera que a cualquier otro de los que habían permanecido en las cuadras, sin haber notado nunca el más mínimo extraño o recelo en sus conductas, a pesar de no haberles puesto la silla ni el bocado durante los cuatro años anteriores. Usos similares debieron practicar las tribus ibéricas, de las que los romanos creían que tomaban los caballos salvajes de los montes para ir a la guerra. Difícilmente, un caballo que ha sido capturado con tres años, domado a los cuatro, vuelto a poner en libertad y recogido con nueve, como en mi caso, o esporádicamente (en el caso de las tribus prerromanas) podría presentar modificaciones esqueléticas como para que un paleontólogo lo pudiera conceptuar como doméstico, lo que no es óbice para que ofrezca un inestimable y completo servicio a su amo. Este hecho es, posiblemente, el que dificulta la obtención de evidencias osteológicas que avalen la hipótesis del inicio de la equitación en la Península Ibérica. Aún así, parece probable la presencia del caballo doméstico en el yacimiento del Neolítico inicial de la cueva del Parralejo o de Dos Hermanas en Arcos de la Frontera.” (1)

Castejón consideraba un grupo aparte al “caballo castellano, tipo estepario, entroncado genotípicamente con el tarpán, de alzada media original entre 1,30 y 1,40, pelaje castaño claro (color “salvaje”), descendiente igualmente de especies que han poblado la Península Ibérica desde tiempos terciarios y cuaternarios hasta nuestros días, produciendo en general los actuales caballos indígenas de ambas Castillas…”. Señala De Juana:
“Tal vez fuese el mismo al que los romanos llamaban thieldón o celdón  y, posteriormente, se llamó “caballo de los puertos” en Asturias y León. Más que una raza podría ser una forma de transición, mezcla de la variedad de caballo de montaña o serrano (el caballo gallego, el asturcón, el monchino, el pottoka y el losino) con la variedad de estepa o las campiñas (el sorraia portugués) en los que cabe diferenciar los troncos primigenios de los caballos ibéricos que vivieron en poblaciones en estado salvaje y semisalvaje por toda España hasta el siglo XIX. (…) Hoy en día se conoce como caballo marismeño al que se produce en Doñana. Estos animales ya no responden al tipo natural porque han sufrido muchos cruzamientos, no sólo con otras castas españolas, sino también con otras razas exóticas, pero muchos de ellos conservan aun peculiaridades propias del medio en que viven. Son escasos los datos que han trascendido sobre la población denominada “caballos de las Retuertas”, de estas mismas marismas, pero sospechamos que no se trataría de una población relicta de caballos marismeños sino, probablemente, de jacas onubenses introducidas en las marismas.”

(1) Fuente: Ricardo de Juana, http://www.paleovivo.org/libro/1-cazadores-recolectores/ 

Caballos de Retuertas

El caballo salvaje de las Retuertas que sobrevivió en la reserva de la Estación Biológica de Doñana. (Foto@:benigno@quercus.es)

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